
Luis Felipe Pérez Sánchez
Los enamoramientos, entonces, es, además de la hipnótica prosa de Marías, el motivo de una pregunta para el lector lanzada ya en pretéritas obras, un cuestionamiento que ya habíamos encontrado en otras lecturas como en Tu rostro mañana: ¿Qué hace uno con lo que ve o escucha sin querer o sin deber?
Los enamoramientos se publicó en 2011. No es quizá una novedad de la que se habla en este texto. La historia de Miguel Desverne, malogrado en un asalto un poco idiota, no es del todo el centro de atención para estas líneas. Es posible que el tema tenga más que ver con la posible resonancia de una novela que nos hace testigos incrédulos de las consecuencias del enamoramiento, en este caso, del de Díaz-Varela, el oportunista personaje de la narración al que le dedica todo el tiempo, o al menos el moroso desenlace que nos narra, María Dolz.
Díaz-Varela se sale con la suya, nos cuenta Dolz, gracias a la alevosía que retaría los principios que aparentemente tendríamos todos mientras no sea uno el que deba actuar, en donde los buenos serían o deberían ser los que triunfan o los que abrazan el final feliz, donde los que actúan egoístamente y tienen en su temperamento ese aire siniestro del que va por todas sin importar a quien se esté atropellando ven su fin con amargura.
Marías nos condena a testimoniar estupefactos la manera en que la balanza se inclina en favor del ambicioso.
Este es el caso contrario. Es el caso de todos cuando nos toca actuar. Es el episodio de quien tiene un anhelo o un propósito, una misión inevitable y radical: obtener lo que se quiere. Marías nos condena a testimoniar estupefactos la manera en que la balanza se inclina en favor del ambicioso. Es, pues, Marías, el fino mediador de una enseñanza desconcertante a la que a veces hay que resignarse: nadie renuncia a la oportunidad de apoderarse de sus anhelos, incluso cuando estos conlleven, como mínimo, a trastocar los de los otros, sino es que se atropellan o se borran por completo mientras no sean los propios.
El narrador de Así comienza lo malo hace pensar en una lección de vida: la tentación de cada hombre sobre la tierra por perseguir lo que desea representa un escenario como para dejarnos boquiabiertos. La historia que narra María Dolz, podría ser, sobre todo, la novela de los mirones y su casi involuntaria situación de protagonistas desde detrás de la puerta, donde nos estamos quedando atónitos y desarmados todos ante la impunidad y la injusticia. Marías nos coloca ahí, en la mirilla del cerrojo de una puerta que no podremos abrir por temor o por prudencia, por imposibilidad o por cobardía, donde uno es testigo y nada más; aunque también se es todo eso otro que el pensamiento literario permite: el protagonista de las especulaciones de quienes nunca estuvieron llamados sino a mirar, pero, de pronto, se ven inmersos en una intriga donde los segundones resignados se convierten en los elegidos para habitar la vida con la mansedumbre de Job.
la debilidad de querer eso que ya se desea más que los otros, e ir por eso que se anhela, aquello con lo que se ha soñado ya desde hace tiempo.
Es decir, a sostenerse en la firmeza de saber la verdad sin poder decirla, catatónicos. Y hay una razón o una sinrazón en todo caso: la misma que mueve al asesino o al ladrón, al corrupto o al desalmado para actuar: la debilidad de querer eso que ya se desea más que los otros, e ir por eso que se anhela, aquello con lo que se ha soñado ya desde hace tiempo.
María Dolz, la protagonista desde donde enfoca Javier Marías, representa la distancia como para intentar comprender, todavía un poco turbados y con la sensación o el sabor incómodo del pudor, lo que es capaz cualquiera que ha encontrado un propósito en la vida, en el caso de Díaz-Varela, ya lo notará el lector, allanarse la oportunidad de ser el que se siente a la mesa con quien le suscita el enamoramiento, esa debilidad que justifica cualquier fin, no obstante que ese otro comensal ni se entere ni sospeche, es más, hasta confíe en el de en frente, y nunca sepa nunca del camino que ha seguido el otro para estar ahí, en los Enamoramientos, Díaz Varela, e incorporarse a su vida de esa manera, en el rol de quien protege y cuida y busca su felicidad.
A Marías una protagonista como María Dolz, empleada de una editorial, sola, segundona, y con la afición de ir a tomar el desayuno a una café cerca del trabajo, le sirve para explicar, si algo hubiese querido esgrimir el reconocido escritor, cómo uno podría sobrevivir las ansias o el desconsuelo de quien no puede controlar nada, de quien sólo tiene el derecho a mirar sin tocar. Puede que se esté hablando aquí de la resignación o la humildad o de la cobardía.
Veámoslo así: la frase inicial de Los enamoramientos es de la protagonista. Dice que la última vez que vio a Miguel Desvern fue la última vez que su pareja lo vio también. Ahí comienza la trama, con una puesta en abismo que atisba un obligado flashback, un laberíntico trayecto para explicar, en busca del punto final de un suceso, aquello que trompicó la vida, que hizo conocer a la protagonista la raíz del sentimiento del enamorado, un sufrir frecuentemente ponderado como algo bello, pero que no lo es tanto, y que termina casi siempre haciéndonos cometer lo desconocido o vivir al menos un estado de indefensión, de precariedad, de desengaño dramático aunque también sirve de aliciente para cometer iniquidades de tal grado como la de ser el autor intelectual de la muerte de nuestro más querido amigo. El amor es, en casi todos los casos, un abandono de los principios, la pérdida de la moral, una debilidad que se traduce en egoísmo.
¿qué es capaz de ser o hacer el enamorado?
Pero esa es la historia que mira, sí, que mira fascinada María Dolz. En realidad, el juego narrativo pincha otro extremo de la condición humana. Cuando se es el enamorado, el débil, el aspirante, ¿qué es capaz de ser o hacer el enamorado? A Otros, como a María Dolz, que asiste al lugar a donde no la llaman o donde no debería estar, la condena al secreto más que al silencio, a la cobardía enamorada de proteger con su callar al amado aun a costa de los propios anhelos. La circularidad de esta historia en la que uno actúa en favor de quien le provoca, sin éste saberlo, esa debilidad del enamoramiento resulta sobrecogedora.
Los enamoramientos, entonces, es, además de la hipnótica prosa de Marías, el motivo de una pregunta para el lector lanzada ya en pretéritas obras, un cuestionamiento que ya habíamos encontrado en otras lecturas como en Tu rostro mañana: ¿Qué hace uno con lo que ve o escucha sin querer o sin deber? ¿Qué hace el mirón involuntario con eso que lo convierte en testigo de algo que no le conviene o que lo coloca en el sitio protagónico de decidir cuando uno había optado por ser el que ve a lo lejos?
Es decir, esta interrogante es, en todo caso, la continuidad de uno de los intereses más preponderantes en Marías: desarrollar o darle cabida al pensamiento literario, ese territorio de la especulación, como lo nombra Edmundo Paz Soldán.
La novela para Marías es una región heterodoxa, si se permite el atrevimiento. En ésta que se conjunta la dramaturgia y el ensayo. Es dramatúrgico porque da paso a los monólogos y a la exploración. Representa una indagación hacia el continente del reconocimiento y la tragedia. Pero también es un ensayo porque exige la complicidad con el autor, la identificación con ese personaje que narra y que seduce cuando ya se está familiarizado con la obra de Marías, sobre todo, cuando ya se tiene esa fina simpatía por el autor y se ha optado por seguir las ideas del ensayista aun dentro de una historia que se presume como novela. Lo que tenemos entre las manos es el ensayo novelado del pensamiento literario, es decir, de lo que pudo ser, o lo que hubiera sido; la frontera entre la especulación y el tirón hacia lo comprobable; es un suspenso donde reina lo subjetivo cuyo pretexto es la trama de una novela. Lo que importa no es saber algo sino pensar algo.
Ya en Herrumbrosas lanzas podría encontrarse esta inclinación a ver pero no tocar, como si se estuviera ante piezas de museo y lo que mira uno, con fascinación ante la voz a la que le basta su firmeza para hacer verosímil a quien narra, ayuda en algo a entender la realidad a través del hecho llevado al terreno de lo personal. La versión de quien ahora es narrador pero presume en otro tiempo fue protagonista y que, ahora que es quien cuenta las cosas, ya lejos de estar en medio, ha dedicado la novela a intentar comprender cosas de la vida como, por ejemplo, esa debilidad que luego, al menos una vez cada tantos años, le sucede a uno, esa debilidad que llama Marías enamoramiento y que se traduce en perder todas las batallas, aun las ya ganadas, con ese alguien cuya existencia le suscita a uno, ante todo, la sensación de vencimiento, la justificación de todas las cosas, incluso las consideradas innobles.Los enamoramientos, podría decirse, entre varias cosas que podrían apostillarla, sería la exploración de la respuesta extrema ante la reflexión sobre el secreto. Más que eso, es la consecuencia de pensar lo que hace cada cual con el rumor o el secreto. Javier Marías en esta novela, su penúltima hasta el momento, ganadora del Premio Internacional Giuseppe Tomasi Lampedusa, propone, primero, esto que nos pasa todos una vez al menos en la vida: escuchar lo que no debiera interesarnos o que no nos pertenece, y nos afecta al final, aquello que no quisiéramos haber sabido nunca porque nos pone como el protagonista que ni éramos ni deseábamos ser y, segundo, la encrucijada de ver qué haríamos con ese secreto.